Reminders of him by Colleen Hoover, Chapter 13

Kenna
iento que estoy viviendo mi peor escenario. No solo no he
podido conocer a mi hija hoy, sino que la única persona que
podría haberme llevado hasta ella es ahora el enemigo número
uno.
Lo odio. Odio que haya dejado que me toque anoche. Odio que en el breve
tiempo que pasé con él ayer, le diera toda la munición para tacharme de
mentirosa, de puta, de alcohólica. Como si asesina no fuera suficiente.
Va a ir directamente a Grace y Patrick y a reforzar su odio hacia mí. Va a
ayudarles a construir un muro aún más sólido, más alto y más grueso entre mi
hija y yo.
No tengo a nadie de mi lado. Ni una sola persona.
—Hola.
Me detengo a mitad de la escalera. Hay una adolescente sentada en lo alto
de la escalera. Tiene síndrome de Down y me sonríe adorablemente, como si
este no fuera el peor día de mi vida. Lleva el mismo tipo de camiseta de trabajo
que llevaba Amy en el supermercado. Debe trabajar allí. Amy dijo que daban
puestos de empacadores en el supermercado a personas con necesidades
especiales.
Me limpio las lágrimas de las mejillas y murmuro:
—Hola. —Y luego la esquivo. Normalmente me esforzaría más en ser
buena vecina, sobre todo si voy a trabajar con esta chica, pero tengo más
lágrimas en la garganta que palabras.
Abro la puerta de mi apartamento y, una vez dentro, la cierro de golpe y
caigo boca abajo sobre mi colchón medio deshinchado.
Ni siquiera puedo decir que he vuelto al punto de partida. Siento que ahora
estoy en la casilla menos uno.
Mi puerta se abre y me incorporo inmediatamente. La chica de las
escaleras entra en mi apartamento sin ser invitada.

—¿Por qué lloras? —Cierra la puerta y se apoya en ella, escudriñando mi
apartamento con ojos curiosos—. ¿Por qué no tienes cosas?
Aunque acaba de irrumpir sin permiso, estoy demasiado triste para
enfadarme por ello. No tiene límites. Es bueno saberlo.
—Me acabo de mudar —digo, explicando mi falta de cosas.
La chica se acerca a mi nevera y la abre. Ve el paquete de galletas con
jamón y queso a medio comer que dejé esta mañana y lo toma.
—¿Puedo comer esto?
Al menos espera el permiso antes de comerlo.
—Claro.
Le da un mordisco a una galleta, pero entonces sus ojos se abren de par
en par y tira el paquete sobre la encimera.
—¡Oh, tienes un gatito! —Se acerca a la gatita y la levanta—. Mi madre no
me deja tener un gatito… ¿te lo dio Ruth?
En cualquier otro momento, le daría la bienvenida. De verdad. Pero
simplemente no tengo la fuerza para ser amigable durante uno de los peores
momentos de mi vida. Necesito tener una crisis decente, y no puedo hacerlo con
ella aquí.
—¿Puedes irte, por favor? —lo digo lo más amablemente posible, pero
pedirle a alguien que te deje en paz nunca puede no escocer.
—Una vez, cuando tenía como cinco años, ahora tengo diecisiete, pero
cuando tenía cinco años, tuve un gatito, pero se llenó de gusanos y murió.
—Lo siento. —Todavía no ha cerrado la nevera.
—¿Cómo se llama?
—Todavía no le he puesto nombre. —¿No me ha oído pedirle que se vaya?
—¿Por qué eres tan pobre?
—¿Qué te hace pensar que soy pobre?
—No tienes comida ni cama ni nada.
—He estado en la cárcel. —Tal vez eso la asuste.
—Mi padre está en la cárcel. ¿Lo conoces?
—No.
—Pero ni siquiera te he dicho su nombre.
—Estuve en una prisión solo para mujeres.
—Able Darby. Ese es su nombre, ¿lo conoces?
—No.
—¿Por qué lloras?

Me bajo del colchón y me dirijo a la nevera y la cierro.
—¿Alguien te ha hecho daño? ¿Por qué lloras?
No puedo creer que vaya a contestarle. Siento que esto me hace aún más
patética, desahogarme con una adolescente cualquiera que entró en mi
apartamento sin mi permiso. Pero parece que se sentiría bien decirlo en voz alta.
—Tengo una hija y nadie me deja verla.
—¿La han secuestrado?
Quiero decir que sí, porque a veces se siente así.
—No. Mi hija vivía con gente mientras yo estaba en la cárcel, pero ahora
que he salido, no quieren que la vea.
—¿Pero tú quieres?
—Sí.
Besa a la gatita en la parte superior de su cabeza.
—Quizá deberías alegrarte. No me gustan los niños pequeños. Mi
hermano me pone a veces mantequilla de cacahuete en los zapatos. ¿Cómo te
llamas?
—Kenna.
—Soy Lady Diana.
—¿Realmente te llamas así?
—No, Lucy, pero me gusta más Lady Diana.
—¿Trabajas en la tienda de comestibles? —le pregunto, señalando su
camiseta.
Ella asiente.
—Empiezo a trabajar allí el lunes.
—Llevo casi dos años trabajando allí. Estoy ahorrando para comprar una
laptop, pero aún no he ahorrado nada. Ahora voy a cenar. —Me da la gatita y
empieza a caminar hacia mi puerta—. Tengo algunas bengalas. Cuando
oscurezca más tarde, ¿quieres encenderlas conmigo?
Me apoyo en la encimera y suspiro. No quiero decir que no, pero también
tengo la sensación de que mi crisis va a durar al menos hasta la mañana.
—Quizá en otro momento.
Lady Diana sale de mi apartamento. Esta vez cierro la puerta con llave y
enseguida tomo mi cuaderno y escribo una carta a Scotty porque es lo único que
puede evitar que me derrumbe.
Querido Scotty,

Me gustaría poder decirte cómo es nuestra hija, pero todavía no tengo ni
idea.
Tal vez sea mi culpa por no haber sido honesta con Ledger sobre quién
era yo anoche. Pareció tomarlo como una especie de traición cuando se dio
cuenta de quién era hoy. Ni siquiera pude ver a sus padres porque estaba tan
enojado de que yo estuviera allí.
Solo quería ver a nuestra hija, Scotty. Solo quería mirarla. No estoy aquí
para quitársela, pero no creo que Ledger o tus padres tengan idea de lo que es
llevar a un humano dentro de ti durante meses, solo para que ese pequeño
humano te sea arrancado antes de que puedas conocerlo.
¿Sabías que cuando una mujer encarcelada da a luz, si está a punto de
cumplir su condena, a veces puede quedarse con su bebé? Esto ocurre sobre
todo en las cárceles, donde las condenas son más cortas. A veces ocurre en el
tipo de prisiones donde estuve, pero es poco frecuente.
En mi caso, acababa de empezar mi condena cuando di a luz a Diem, lo
que ocasionó que no pudiera quedarse conmigo en la cárcel. Fue una bebé
prematura y, nada más al nacer, se dieron cuenta de que su respiración no era la
deseada, así que se la llevaron inmediatamente y la trasladaron a la UCIN. Me
dieron una aspirina, unas compresas de gran tamaño, y finalmente me llevaron
de vuelta al centro con los brazos y el vientre vacíos.
Según las circunstancias, a algunas madres se les permite extraerse leche,
y su leche materna se almacena y se entrega a su bebé. No fui una de las
afortunadas. No me permitieron sacarme leche, ni tampoco nada que me ayudara
a secarla.
Cinco días después de que naciera Diem, estaba en la biblioteca de la
prisión, llorando en un rincón porque me había subido la leche, mi ropa estaba
empapada y yo seguía emocionalmente devastada y físicamente agotada.
Fue entonces cuando conocí a Ivy.
Llevaba tiempo allí, conocía bien a todos los guardias, todas las normas,
hasta dónde podía saltárselas y quién se lo permitía. Me vio llorar mientras
sostenía un libro sobre la depresión posparto. Luego vio mi camisa empapada,
así que me llevó a un baño y me ayudó a limpiarme. Dobló meticulosamente
toallas de papel en cuadrados y me las entregó una a una mientras yo las
colocaba dentro de mi sujetador.
—¿Niño o niña? —preguntó.
—Niña.
—¿Cómo la llamaste?
—Diem.
—Es un buen nombre. Un nombre fuerte. ¿Está sana?
—Fue prematura, así que se la llevaron nada más nacer. Pero una
enfermera dijo que estaba bien.

Ivy hizo una mueca de dolor cuando dije eso.
—¿Te van a dejar verla?
—No. No lo creo.
Ivy sacudió la cabeza, y no lo sabía entonces, pero Ivy tenía una forma de
comunicar conversaciones enteras a través de las diferentes formas en que
sacudía la cabeza. Poco a poco fui aprendiendo a lo largo de los años, pero ese
día no sabía que la forma en que sacudía la cabeza se traducía en: esos bastardos.
Me ayudó a secar la camisa y, cuando volvimos a la biblioteca, me sentó
de nuevo y me dijo:
—Esto es lo que vas a hacer. Vas a leer todos los libros de esta biblioteca.
Muy pronto empezarás a vivir en los mundos lujosos que hay dentro de estos
libros, en lugar del mundo sombrío que hay dentro de esta prisión.
Nunca fui una gran lectora. No me gustó su plan. Asentí, pero se dio cuenta
de que no la estaba escuchando.
Sacó un libro de la estantería y me lo entregó.
—Te quitaron a tu bebé. Nunca lo superarás. Así que decide ahora mismo,
aquí mismo. ¿Vas a vivir en tu tristeza o vas a morir en ella?
Esa pregunta me dio un puñetazo en el estómago, el estómago que ya no
contenía a mi hija. Ivy no me estaba dando una charla de ánimo. En muchos
sentidos, era lo contrario. No me dijo que superaría lo que sentía, ni que las cosas
serían más fáciles. Me dijo que eso era todo, que la miseria que sentía era mi
nueva normalidad. Podía aprender a vivir con ella o podía dejar que me
consumiera.
Tragué y dije:
—Voy a vivir en ello.
Ivy sonrió y me apretó el brazo.
—Ahí tienes, mamá.
Ivy no lo sabía, pero me salvó ese día con su brutal honestidad. Tenía
razón. Mi normalidad nunca sería la misma. No había sido la misma desde que te
perdí, y perder a nuestra hija a manos de tus padres solo me empujó aún más
lejos de la estabilidad.
Lo que sentí cuando me la arrebataron entonces es exactamente la misma
miseria derrotada que siento ahora.
Ledger no tiene idea de lo mucho que sus acciones de esta noche han roto
los últimos pedazos de mí.
Ivy no tiene ni idea de cuánto me siguen salvando sus palabras de hace
casi cinco años.
Tal vez así es como llamaré a la gatita. Ivy.
Con amor,

Kenna

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