Ledger
e recibido tres llamadas de Patrick en mi camino de vuelta a
casa, pero no he contestado a ninguna porque estoy demasiado
enfadado con Kenna como para tener una conversación sobre
ella por teléfono. Esperaba que los Landry no la hubieran oído
golpear su puerta, pero es obvio que sí.
Patrick me está esperando en el patio cuando entro en la calzada. Está
hablando incluso antes de que salga de la camioneta.
—¿Qué quiere? —pregunta—. Grace es un desastre. ¿Crees que va a tratar
de luchar contra la cancelación de sus derecho? El abogado dijo que sería
imposible. —Sigue escupiendo preguntas mientras me sigue a la cocina.
Arrojo mis llaves sobre la mesa.
—No lo sé, Patrick.
—¿Deberíamos pedir una orden de alejamiento?
—No creo que tengas motivos para hacerlo. No ha amenazado a nadie.
Se pasea por la cocina y veo que se hace cada vez más pequeño. Le sirvo
un vaso de agua y se lo doy. Se lo bebe todo y se sienta en uno de los taburetes.
Deja caer la cabeza entre las manos.
—Lo último que necesita Diem es que esa mujer entre y salga de su vida.
Después de lo que le hizo a Scotty… no podemos…
—No volverá a aparecer por aquí —digo—. Tiene demasiado miedo de
que llamen a la policía.
Mi comentario solo aumenta su preocupación.
—¿Por qué? ¿Está tratando de mantener su historial limpio en caso de que
pueda llevarnos a juicio?
—Vive en un agujero de mierda. Dudo que tenga dinero para contratar un
abogado.
Se levanta.
—¿Está viviendo aquí?
Asiento.
—Apartamentos Paraíso. No sé cuánto tiempo piensa quedarse.
—Mierda —murmura—. Esto va a destruir a Grace. No sé qué hacer.
No tengo ningún consejo para él. Aunque estoy involucrado en su vida, no
soy el padre de Diem. No he sido el que la ha criado desde que nació. Esta no es
mi lucha, aunque de alguna manera me haya sumergido en medio de ella.
Puede que no tenga voz legal, pero tengo opiniones. Fuertes. Por mucho
que toda la situación no tenga un solo resultado positivo para todas las partes
implicadas, la simple verdad es que formar parte de la vida de Diem es un
privilegio, y Kenna perdió ese privilegio la noche que decidió que su libertad
valía más que la vida de Scotty.
Grace no es lo suficientemente fuerte para enfrentarse a Kenna. Puede que
Patrick tampoco sea lo suficientemente fuerte, pero siempre se ha asegurado de,
al menos, fingir ser tan fuerte como Grace necesita que sea.
Nunca actuaría así de angustiado delante de Grace. Guarda este lado de
sí mismo para los momentos en que la muerte de Scotty es demasiado. Los
momentos en los que necesita escapar y llorar solo en mi patio trasero.
A veces puedo ver que ambos empiezan a desmoronarse. Siempre ocurre
en febrero, el mes del cumpleaños de Scotty. Pero luego llega el cumpleaños de
Diem, en mayo, y les devuelve la vida.
Eso es lo que Kenna necesita entender. Grace y Patrick solo están vivos
gracias a Diem. Es el hilo que evita que se deshagan.
No hay lugar para Kenna en este panorama. Algunas cosas se pueden
perdonar, pero a veces una acción es tan dolorosa que su recuerdo puede seguir
machacando a una persona diez años después. Patrick y Grace se las arreglan
porque Diem y yo les ayudamos a olvidar lo que le ocurrió a Scotty el tiempo
suficiente para que puedan pasar cada día. Pero si Kenna está cerca, su muerte
les abofeteará en la cara una y otra vez.
Patrick tiene los ojos cerrados y las manos en punta contra la barbilla.
Parece que está rezando silenciosamente.
Me inclino hacia adelante sobre la barra y trato de mantener mi voz
tranquilizadora.
—Diem está a salvo por ahora. Kenna está demasiado asustada de que
llamen a la policía y demasiado arruinada para iniciar una batalla por la custodia.
Tienen la ventaja. Estoy seguro de que después de esta noche cortará por lo sano
y volverá a Denver.
Patrick se queda mirando al suelo durante unos diez segundos. Veo que el
peso de todo lo que ha pasado se ha asentado directamente sobre sus hombros.
—Eso espero —dice. Se dirige a la puerta principal, y una vez que se ha
ido, cierro los ojos y exhalo.
Todas las cosas tranquilizadoras que acabo de decirle eran mentira.
Basándome en lo que sé de Kenna ahora, por poco que sea, tengo la sensación
de que esto está lejos de terminar.
—Pareces distraído —dice Roman. Me quita un vaso y empieza a servir
una cerveza que un cliente ha tenido que pedirme ya tres veces—. Quizá
deberías tomarte un descanso. Nos estás retrasando.
—Estoy bien.
Roman sabe que no estoy bien. Cada vez que lo miro, me observa.
Tratando de averiguar qué está pasando conmigo.
Intento trabajar una hora más, pero es sábado por la noche y hay mucho
ruido, y aunque tenemos un tercer camarero los sábados por la noche, Roman
tiene razón, nos estoy retrasando y empeorando la situación, así que al final me
voy a tomar el maldito descanso.
Me siento en los escalones del callejón, y miro al cielo y me pregunto qué
demonios haría Scotty ahora mismo. Siempre fue tan sensato. Aunque no creo
que lo haya heredado de sus padres. Tal vez lo hizo, no lo sé. Tal vez es más difícil
para ellos pensar con la cabeza fría cuando tienen el corazón roto.
La puerta se abre detrás de mí. Miro por encima de mi hombro y Roman
se desliza fuera. Se sienta a mi lado. No dice nada. Es su forma darme la palabra
para que hable.
—Kenna ha vuelto.
—¿La madre de Diem?
Asiento.
—Mierda.
Me froto los ojos con los dedos, aliviando parte de la presión del dolor de
cabeza que he tenido todo el día.
—Anoche casi me acuesto con ella. En mi camioneta, después de que el
bar cerrara.
No tiene ninguna reacción inmediata a eso. Lo miro y se queda con la
mirada perdida. Entonces se lleva una mano a la cara y se frota la boca.
—¿Tú qué? —Roman se levanta y sale al callejón. Se mira los pies,
procesando lo que acabo de decir. Parece tan sorprendido como me sentí yo
cuando sumé dos y dos fuera de mi casa—. Pensé que odiabas a la madre de
Diem.
—Anoche no sabía que era la madre de Diem.
—¿Cómo podrías no saberlo? Era la novia de tu mejor amigo, ¿verdad?
—Nunca la conocí. Vi una foto de ella una vez. Y tal vez su foto de la ficha
policial, creo. Pero tenía el cabello largo y rubio en ese entonces, se veía
completamente diferente.
—Vaya —dice Roman—. ¿Y ella sabía quién eras tú?
Todavía no sé la respuesta a eso, así que me encojo de hombros. No
parecía sorprendida de verme antes fuera de mi casa. Solo parecía molesta.
—Se presentó y trató de conocer a Diem hoy. Y ahora… —Sacudo la
cabeza—. La he jodido, Roman. Patrick y Grace no necesitan esto.
—¿Tiene algún derecho como madre?
—Sus derechos se terminaron debido a la duración de su sentencia de
prisión. Esperábamos que no apareciera y quisiera ser parte de su vida. Es decir,
se lo temían. Todos lo hicimos. Supongo que asumimos que tendríamos algún
tipo de aviso.
Roman se aclara la garganta.
—Para ser justos, la mujer dio a luz a Diem. Creo que esa fue su
advertencia. —A Roman le gusta hacer de abogado del diablo en todo lo que
hace. No me sorprende que lo haga ahora—. ¿Cuál es el plan? ¿Van a dejar que
Diem conozca a su madre ahora que saben que quiere participar?
—Sería muy duro para Patrick y Grace si Kenna estuviera en sus vidas.
Roman hace una cara.
—¿Cómo se va a tomar eso Kenna?
—Realmente no me importa cómo se siente Kenna. Ningún abuelo debería
ser forzado a tener que establecer visitas con la asesina de su hijo.
Roman levanta una ceja.
—Asesina. Eso es un poco dramático. Sus acciones condujeron a la muerte
de Scotty, seguro. Pero la chica no es una asesina a sangre fría. —Patea un
guijarro en el pavimento—. Siempre pensé que fueron un poco demasiado duros
con ella.
Roman no me conocía cuando Scotty murió. Solo conoce la historia. Pero
si hubiera estado hace cinco años para ver cómo afectó a todo el mundo, y aun
así se las arreglara para decir lo que acaba de decir, le habría dado un puñetazo
por ello.
Pero solo está siendo Roman. Abogado del diablo. Desinformado.
—¿Qué pasó cuando apareció? ¿Qué le dijeron?
—No llegó tan lejos. La intercepté en la calle y la dejé en su apartamento.
Luego le dije que volviera a Denver.
Roman se mete las manos en los bolsillos. Observo su rostro, buscando el
juicio.
—¿Hace cuánto tiempo fue esto? —pregunta.
—Han pasado unas horas.
—¿No estás preocupado por ella?
—¿Quién? ¿Diem?
Sacude la cabeza con una pequeña risa, como si no lo entendiera.
—Estoy hablando de Kenna. ¿Tiene familia aquí? ¿Amigos? ¿O la dejaste
sola después de mandarla a la mierda?
Me pongo de pie y me sacudo la parte trasera de mis jeans. Sé a qué quiere
llegar, pero no es mi problema. Al menos eso es lo que me digo a mí mismo.
—Tal vez deberías ir a ver cómo está —sugiere.
—No voy a hacer eso.
Roman parece decepcionado.
—Eres mejor que esto.
Puedo sentir mi pulso martilleando en mi garganta. No sé si estoy más
enfadado con él o con Kenna ahora mismo.
Roman da un paso más.
—Es responsable de la muerte accidental de alguien de quien estaba
enamorada. Por si eso no fuera suficientemente duro, fue a la cárcel por ello y se
vio obligada a renunciar a su propia hija. Finalmente aparece con la esperanza
de conocerla, y tú haces Dios sabe qué con ella en tu camioneta, y luego le
impides conocer a su hija, y luego la mandas a la mierda. No me extraña que
hayas estado golpeando mierda toda la noche. —Vuelve a subir los escalones,
pero antes de entrar, se vuelve hacia mí y me dice—: Tú eres la razón por la que
no estoy muerto en alguna zanja, Ledger. Me diste una oportunidad cuando todos
los demás se dieron por vencidos. No tienes idea de cuánto te admiro por eso.
Pero es muy difícil admirarte ahora mismo. Estás actuando como un imbécil. —
Roman vuelve a entrar en el bar.
Miro fijamente la puerta después de que se cierre, y luego la golpeo.
—¡Carajos!
Empiezo a pasear por el callejón. Cuanto más camino, más culpable me
siento.
He estado inequívocamente del lado de Patrick y Grace desde el día en
que me enteré de lo que había pasado con Scotty, pero cuantos más segundos
pasan entre las palabras de Roman y mi siguiente decisión, más incómodo me
siento con todo esto.
Hay dos posibilidades que pasan por mi cabeza ahora mismo. La primera
es que Kenna sea exactamente quien siempre he creído que es, y que haya
aparecido aquí de forma egoísta, pensando solo en sí misma y sin pensar en
absoluto en lo que su presencia podría suponer para Patrick y Grace, o incluso
para Diem.
La segunda posibilidad es que Kenna sea una madre devastada y afligida
que simplemente sufre por una hija a la que desea desesperadamente hacer las
cosas bien. Y si ese es el caso, no sé si estoy de acuerdo con cómo he dejado las
cosas esta noche.
¿Y si Roman tiene razón? ¿Y si le he arrancado cada pizca de esperanza
que le quedaba? Si es así, ¿dónde la deja eso? ¿Sola en un apartamento sin ningún
futuro que esperar?
¿Debo preocuparme?
¿Debo comprobar cómo está?
Me paseo por el callejón detrás del bar durante varios minutos más, hasta
que por fin me hago la pregunta que no deja de dar vueltas. ¿Qué haría Scotty?
Scotty siempre veía lo mejor de la gente, incluso en aquellos en los que yo
no encontraba nada bueno. Si estuviera aquí, solo puedo imaginar cómo estaría
racionalizando todo esto.
—Fuiste demasiado duro, Ledger. Todos merecen el beneficio de la duda,
Ledger. No podrás vivir contigo mismo si ella se quita la vida, Ledger.
—Joder —murmuro—. Joder, joder, joder.
No conozco la personalidad de Kenna en absoluto. La reacción que tuvo
antes podría ser solo dramática por lo que sé. Pero también podría estar en un
lugar muy oscuro, y no puedo dormir con eso en mi conciencia.
Me siento inquieto y frustrado mientras subo a mi camioneta y me dirijo a
su casa.
Tal vez debería sentir una sensación de alivio porque ahora pienso que
Roman se equivocó, pero solo me siento cabreado.
Kenna no está encerrada en su apartamento. Está fuera, con aspecto de no
tener ninguna preocupación en este mundo. Está jugando con malditos fuegos
artificiales. Bengalas. Ella y una chica, dando vueltas en la hierba como si fuera
una niña y no una adulta que, horas antes, actuó como si su mundo se acabara.
No me ha visto llegar porque estaba de espaldas al estacionamiento, y no
se ha dado cuenta de que llevo varios minutos sentado.
Enciende otra bengala para la chica, que luego procede a hacer una
carrera loca con su bengala y deja estelas de luz con ella mientras desaparece
por la esquina.
Una vez que Kenna está sola, se lleva las palmas de las manos a los ojos e
inclina la cara hacia el cielo. Permanece así durante unos segundos. Luego se
limpia los ojos con la camiseta.
La chica reaparece y Kenna sonríe, luego la chica desaparece, y Kenna
deja que su rostro vuelva a fruncirse.
No hace más que encenderla y apagarla y encenderla y apagarla, y no me
gusta que finja no estar triste cada vez que esa chica vuelve corriendo hacia ella.
Tal vez Roman tenía razón.
La chica regresa una vez más y le entrega otra bengala. Mientras la
enciende, Kenna levanta la vista y ve mi camioneta. Todo su cuerpo parece
encogerse, pero fuerza una sonrisa hacia la chica y le hace un gesto para que
corra alrededor del edificio. En cuanto la chica desaparece de nuevo, Kenna
empieza a dirigirse hacia mí.
Es obvio que he estado sentado aquí observándola. Ni siquiera intento
ocultarlo. Desbloqueo mi puerta justo antes de que llegue a mi camioneta y suba
al interior.
Cierra la puerta.
—¿Vienes con buenas noticias?
Me muevo en mi asiento.
—No.
Abre la puerta y empieza a salir.
—Espera, Kenna.
Hace una pausa y luego cierra la puerta y se queda en mi camioneta. Es
muy silencioso. Huele a pólvora y a cerillos, y hay una extraña corriente dentro
de esta camioneta que es tan palpable que espero que todo el maldito vehículo
explote. Pero no lo hace. No pasa nada. Nadie habla.
Finalmente me aclaro la garganta.
—¿Vas a estar bien? —Mi preocupación está enterrada bajo un exterior
frío como una piedra, así que sé que mi pregunta parece forzada, como si no me
importara la respuesta que pueda dar.
Kenna intenta salir de nuevo del camioneta, pero le agarro de la muñeca.
Sus ojos se encuentran con los míos.
—¿Vas a estar bien? —repito.
Me mira fijamente con sus ojos hinchados y rojos.
—¿Estás…? — Mueve la cabeza, aparentemente confundida—. ¿Estás aquí
porque tienes miedo de que me suicide?
No me gusta cómo parece querer reírse de mi preocupación.
—¿Me preocupa que no estés en un buen estado de ánimo? —pregunto,
reformulando su pregunta—. Sí. Quería asegurarme de que estuvieras bien.
Su cabeza se inclina ligeramente hacia la derecha mientras gira todo su
cuerpo para quedar de cara a mí en su asiento. Sus mechones de cabello liso
hasta los hombros se inclinan con ella.
—No es eso —dice—. Te preocupa que si acabo con mi vida, te sientas
culpable por haber sido tan insoportablemente cruel conmigo. Por eso has
vuelto. No te importa si me mato, solo que no quieres ser el impulso de mi
decisión. —Sacude la cabeza con una risa superficial—. Ya lo hiciste. Has
comprobado cómo estoy. Tu conciencia está limpia ahora, adiós.
Kenna va a abrir su puerta y la chica con la que estaba encendiendo
bengalas aparece de repente en la ventanilla del copiloto. Tiene la nariz pegada
al cristal.
—Baja esta ventana —me dice Kenna.
Giro la llave para poder bajar su ventanilla. La chica se inclina y nos sonríe.
—¿Eres el padre de Kenna?
Su pregunta es tan inesperada que no puedo evitar reírme. Kenna también
se ríe.
Diem tiene la risa y la sonrisa de Scotty. La risa de Kenna es propia. Una
que no he escuchado antes de este segundo. Una que quiero volver a escuchar.
—Definitivamente no es mi padre —dice Kenna. Dirige sus ojos a los
míos—. Es el tipo del que te hablé antes. El que me aleja de mi pequeña. —Kenna
abre la puerta y sale de un salto.
Me cierra la puerta de la camioneta, y entonces la adolescente se asoma a
la ventanilla del copiloto y me dice:
—Idiota.
Kenna agarra la mano de la chica y la aleja de la camioneta.
—Vamos, Lady Diana. No está de nuestra parte. —Kenna se aleja con la
chica y no mira atrás, por mucho que quiera y no quiera, y joder, mi cerebro es
un pretzel.
No estoy seguro de poder estar de su lado aunque quisiera. Toda esta
situación contiene tantos recovecos y esquinas que tengo la sensación de que
elegir un bando va a ser la perdición de todos nosotros.