Reminders of him by Colleen Hoover,Chapter 02

Ledger
E stoy metiendo mi camioneta en el callejón detrás del bar cuando
me doy cuenta de que el esmalte sigue en las uñas de mi mano
derecha. Mierda. Olvidé que anoche jugué a disfrazarme con
una niña de cuatro años.
Al menos el morado hace juego con mi camiseta de trabajo.
Roman está tirando bolsas de basura al contenedor cuando salgo de la
camioneta. Ve la bolsa de regalo en mi mano y sabe que es para él, así que la
toma.
—Déjame adivinar. ¿Taza de café? —Observa el interior de la bolsa.
Es una taza de café. Siempre lo es.
No da las gracias. Nunca lo hace.
No reconocemos la sobriedad que simbolizan estas tazas, pero le compro
una cada viernes. Esta es la noventa y seisava taza que le compro.
Probablemente debería dejar de hacerlo porque su apartamento está
lleno de tazas de café, pero ya he llegado muy lejos como para rendirme ahora.
Lleva casi cien semanas sobrio y hace tiempo que guardo la taza del hito número
cien. Es una taza de los Broncos de Denver. Su equipo menos favorito.
Roman hace un gesto hacia la puerta trasera del bar.
—Hay una pareja dentro acosando a otros clientes. Quizá quieras
vigilarlos.
Es extraño. Normalmente no tenemos que lidiar con gente revoltosa tan
temprano en la noche. Todavía no son ni las seis.
—¿Dónde están sentados?
—Junto a la máquina de discos. —Sus ojos se dirigen a mi mano—. Bonitas
uñas, hombre.
—¿Verdad? —Levanto la mano y muevo los dedos—. Lo hizo bastante bien
para ser una niña de cuatro años.

Abro la puerta trasera del bar y me encuentro con el sonido chirriante de
mi canción favorita siendo masacrada por Ugly Kid Joe a través de los altavoces.
Seguramente no.
Atravieso la cocina y entro en el bar y enseguida los veo. Están encorvados
sobre la máquina de discos. Me acerco discretamente a ellos y veo que ella está
marcando los mismos cuatro números una y otra vez. Miro por encima de sus
hombros a la pantalla mientras se ríen como niños traviesos. “Cat’s in the Cradle”
está programada para sonar treinta y seis veces seguidas.
Me aclaro la garganta.
—¿Creen que esto es divertido? ¿Obligarme a escuchar la misma canción
durante las próximas seis horas?
Mi padre se gira al oír mi voz.
—¡Ledger! —Me atrae para darme un abrazo. Huele a cerveza y aceite de
motor. ¿Y a limas, tal vez? ¿Están borrachos?
Mi madre se aleja de la máquina.
—Estábamos tratando de arreglarla. Nosotros no hicimos esto.
—Claro que sí. —La atraigo para darle un abrazo.
Nunca anuncian cuándo van a aparecer. Simplemente aparecen y se
quedan un día o dos o tres y luego se van en su caravana de nuevo.
Sin embargo, que aparezcan borrachos es algo nuevo. Miro por encima de
mi hombro y Roman está ahora detrás de la barra. Señalo a mis padres.
—¿Les has hecho esto, o llegaron así?
Roman se encoge de hombros.
—Un poco de ambos.
—Es nuestro aniversario —dice mi madre—. Lo estamos celebrando.
—Espero que no hayan conducido hasta aquí.
—No lo hicimos —dice mi padre—. Nuestro auto está con la caravana en
el taller recibiendo mantenimiento de rutina, así que tomamos un taxi. —Me
acaricia la mejilla—. Queríamos verte, pero hemos estado aquí dos horas
esperando a que aparecieras, y ahora nos vamos porque tenemos hambre.
—Por eso deberían advertirme antes de venir a la ciudad. Tengo una vida.
—¿Te has acordado de nuestro aniversario? —pregunta mi padre.
—Se me olvidó. Lo siento.
—Te lo dije —le dice a mi madre—. Paga, Robin.
Mi madre mete la mano en el bolsillo y le entrega un billete de diez
dólares.
13
Apuestan por casi todo. Mi vida amorosa. De qué celebraciones me
acordaré. Cada partido de fútbol que he jugado. Pero estoy casi seguro de que
han estado pasando el mismo billete de diez dólares de un lado a otro durante
varios años.
Mi padre levanta su vaso vacío y lo agita.
—Tráiganos otro, camarero.
Tomo su vaso.
—¿Qué tal algo de agua helada? —Los dejo en la máquina de discos y me
dirijo a la barra.
Estoy sirviendo dos vasos de agua cuando una chica entra en el bar con la
mirada perdida. Echa un vistazo al lugar como si nunca hubiera estado aquí
antes, y cuando se da cuenta de que hay un rincón vacío en el extremo opuesto
de la barra, se dirige a él.
La miro fijamente todo el tiempo que pasa por el bar. La miro tan fijamente
que accidentalmente lleno demasiado los vasos y el agua cae por todas partes.
Tomo una toalla y limpio el desastre. Cuando miro a mi madre, ella mira a la
chica. Luego a mí. Luego a la chica.
Mierda. Lo último que necesito es que intente emparejarme con una
cliente. Intenta hacer de casamentera muchas veces cuando está sobria, así que
no puedo imaginarme lo mala que puede ser la tendencia después de unas
cuantas copas. Necesito sacarlos de aquí.
Les llevo las aguas y luego le doy a mi madre mi tarjeta de crédito.
—Deberían ir a Jake’s Steakhouse y les invito la cena. Vayan caminando
para que se les pase la borrachera por el camino.
—Eres muy amable. —Se agarra el pecho dramáticamente y mira a mi
padre—. Benji, lo criamos muy bien. Vamos a celebrar nuestra paternidad con
su tarjeta de crédito.
—Nos fue bien con él —concuerda mi padre—. Deberíamos tener más
hijos.
—La menopausia, cariño. ¿Recuerdas cuando te odié durante todo un año?
—Mi madre toma su bolso y se llevan los vasos de agua mientras se van.
—Deberíamos pedir un costillar ya que él paga —murmura mi padre
mientras se alejan.
Suelto un suspiro de alivio y me dirijo de nuevo a la barra. La chica está
escondida en un rincón, escribiendo en un cuaderno. Roman no está detrás de la
barra en este momento, así que asumo que nadie ha tomado su pedido todavía.
Me ofrezco de buen grado como tributo.
—¿Qué puedo ofrecerte? —le pregunto.
—Agua y una Coca-Cola Light, por favor. —No me mira, así que me alejo
para atender su pedido. Sigue escribiendo en su cuaderno cuando vuelvo con

sus bebidas. Intento ver lo que está escribiendo, pero cierra el cuaderno y
levanta los ojos—. Gracias… —Hace una pausa en medio de lo que creo que es
su intento de dar las gracias. Articula la palabra “tú” y se mete la pajita en la boca.
Parece que está nerviosa.
Quiero hacerle preguntas, como cuál es su nombre y de dónde es, pero
he aprendido a lo largo de los años de tener este lugar que hacerle preguntas a
personas solitarias en un bar puede convertirse rápidamente en conversaciones
de las que tengo que salir a golpes.
Pero la mayoría de la gente que entra aquí no capta mi atención como ella.
Hago un gesto hacia sus dos vasos y digo:
—¿Estás esperando a alguien más?
Junta las dos bebidas.
—No. Solo tengo sed. —Rompe el contacto visual conmigo y se echa hacia
atrás en su silla, arrastrando su cuaderno consigo y prestándole toda su atención.
Entiendo la indirecta. Me dirijo al otro extremo de la barra para darle
privacidad.
Roman vuelve de la cocina y mueve la cabeza en su dirección.
—¿Quién es la chica?
—No lo sé, pero no lleva alianza, así que no es tu tipo.
—Muy gracioso.

Leave a Reply