Ledger
A noche no estacioné en el garaje cuando llegué a casa. A Diem
le gusta despertarse y mirar por la ventana por las mañanas
para asegurarse de que estoy en casa, y cuando dejo la
camioneta en el garaje, Grace dice que eso entristece a Diem.
He vivido enfrente de ellos desde que Diem tenía ocho meses, pero si no
cuento los años que me mudé de esta casa y viví en Denver, técnicamente he
estado en esta casa toda mi vida.
Mis padres no viven aquí desde hace varios años, aunque ahora mismo
están desmayados en la habitación de invitados.
Compraron la caravana cuando mi padre se jubiló, y ahora viajan por el
país. Les compré la casa cuando volví a mudarme, y ellos cargaron y se fueron.
Me imaginé que duraría un año como máximo, pero ya han pasado más de cuatro
años y no muestran ningún signo de desaceleración.
Solo me gustaría que me avisaran antes de aparecer. Tal vez debería
descargar una aplicación de GPS en sus teléfonos para tener algún tipo de
advertencia en el futuro. No es que no me gusten sus visitas. Solo que estaría bien
poder prepararme para ellas.
Por eso construiré un portón de privacidad en mi nueva casa.
Eventualmente.
Es un proceso lento porque Roman y yo estamos haciendo gran parte del
trabajo. Todos los domingos, de sol a sol, conduzco hasta Cheshire Ridge con
Roman y trabajamos en ello. Contrato las cosas más difíciles, pero hemos
completado una buena parte de la construcción nosotros mismos. Después de
dos años de trabajo los domingos, la casa por fin empieza a estar lista. Me faltan
unos seis meses para mudarme.
—¿A dónde vas?
Me doy la vuelta cuando llego a la puerta del garaje. Mi padre se
encuentra de pie fuera de la habitación de invitados. Está en ropa interior.
—Diem tiene un juego de béisbol. ¿Quieren venir?
—No. Demasiada resaca para los niños hoy, y realmente necesitamos
volver a la carretera.
—¿Ya se van?
—Volveremos en unas semanas. —Mi padre me da un abrazo—. Tu madre
aún duerme, pero le diré que te has despedido.
—Tal vez me avisen antes de la próxima visita y me tome un descanso del
trabajo.
Mi padre sacude la cabeza.
—No, nos gusta ver la sorpresa en tu cara cuando aparecemos sin avisar.
—Se dirige al baño y cierra la puerta.
Atravieso el garaje y me dirijo a la casa de Patrick y Grace, al otro lado de
la calle.
Espero que Diem no esté de humor para hablar porque mi concentración
va a ser una mierda hoy. Solo puedo pensar en la chica de anoche y en las ganas
que tengo de volver a verla. Me pregunto si sería raro que le dejara una nota en
la puerta.
Llamo a la puerta de Patrick y Grace y entro. Vamos tanto de un lado a otro
en las casas de los demás, que en un momento dado nos cansamos de decir: Está
abierto. Ahora siempre está abierto.
Grace está en la cocina con Diem. Diem está sentada en el centro de la
mesa con las piernas cruzadas y un cuenco con huevos en el regazo. Nunca se
sienta en las sillas. Siempre está encima de las cosas, como el respaldo del sofá,
la barra de la cocina, la mesa de la cocina. Es una trepadora.
—Todavía estás en pijama, D. —Le quito el cuenco con huevos y señalo el
pasillo—. Vístete, tenemos que irnos. —Corre a su habitación para ponerse el
uniforme de béisbol.
—Pensé que el partido era a las diez —dice Grace—. La habría tenido
preparada.
—Lo es, pero tengo comprar el Gatorade para la semana, así que tengo
que pasar por la tienda, y luego tengo que pasar a recoger a Roman. —Me apoyo
en la encimera y tomo una mandarina. La abro mientras Grace pone en marcha
el lavavajillas.
Se quita un mechón de cabello de la cara.
—Quiere un columpio —dice—. Uno de esos ridículamente grandes como
el que solías tener en tu patio trasero. A su amiga Nyla del colegio le han
regalado uno, y sabes que no podemos decir que no. Será para su quinto
cumpleaños.
—Todavía lo tengo.
—¿En serio? ¿Dónde?
—Está en el cobertizo en piezas, pero puedo ayudar a Patrick a armarlo de
nuevo. No debería ser muy difícil.
—¿Crees que todavía está en buena forma?
—Lo estaba cuando lo desmonté. —No le digo que Scotty es la razón por
la que lo desmonté. Me enfadaba cada vez que lo miraba después de su muerte.
Me meto otro gajo de mandarina en la boca y redirijo mis pensamientos.
—No puedo creer que vaya a cumplir cinco años.
Grace suspira.
—Lo sé. Es irreal. Injusto.
Patrick entra en la cocina y me alborota el cabello como si no tuviera casi
treinta años y fuera cinco centímetros más alto que él.
—Hola, chico. —Me rodea y toma una de las mandarinas—. ¿Te ha dicho
Grace que hoy no podemos ir al partido?
—Todavía no lo he hecho —dice Grace. Pone los ojos en blanco y su
mirada molesta se posa en mí—. Mi hermana está en el hospital. Cirugía electiva,
está bien, pero tenemos que conducir hasta su casa y alimentar a sus gatos.
—¿Qué operación es esta vez?
Grace se lleva una mano a la cara.
—Algo con sus ojos. ¿Quién sabe? Es cinco años mayor que yo, pero
parece diez años más joven.
Patrick cubre la boca de Grace.
—Para. Eres perfecta. —Grace se ríe y le aparta la mano.
Nunca los he visto pelear. Ni siquiera cuando Scotty era un niño. Mis
padres discuten mucho, y casi siempre en broma, pero nunca he visto a Grace y
Patrick discutir en los veinte años que los conozco.
Quiero eso. Algún día. Pero todavía no tengo tiempo para ello. Trabajo
demasiado y siento que me estoy agotando poco a poco. Necesito hacer un
cambio si alguna vez quiero mantener a una chica el tiempo suficiente para tener
lo que Patrick y Grace tienen.
—¡Ledger! —grita Diem desde su habitación—. ¡Ayúdame! —Camino por
el pasillo para ir a ver qué necesita. Está de rodillas en su armario, rebuscando—
. No encuentro mi otra bota; necesito mi bota.
Sostiene una bota roja de vaquero y rebusca la otra.
—¿Por qué necesitas botas? Necesitas las zapatillas deportivas.
—No quiero llevar mis zapatillas hoy. Quiero llevar mis botas.
Sus zapatillas están al lado de su cama, así que los recojo.
—No puedes llevar botas para jugar béisbol. Toma, súbete a la cama para
que te ayude a ponerte las zapatillas.
Se levanta y arroja la segunda bota roja sobre su cama.
—¡La encontré! —Se ríe, se sube a la cama y empieza a ponerse las botas.
—Diem. Es béisbol. La gente no lleva botas para jugar al béisbol.
—Sí, hoy llevo botas.
—No, no puedes… —me callo. No tengo tiempo para discutir con ella, y sé
que cuando llegue al campo y vea a todos los demás niños con sus zapatillas, me
dejará quitarle las botas. La ayudo a ponerse las botas y me llevo las zapatillas
cuando la saco de la habitación.
Grace se encuentra con nosotros en la puerta y le da a Diem una botellita
de zumo.
—Que te diviertas hoy. —Le da un beso a Diem en la mejilla y luego los
ojos de Grace se dirigen a las botas de Diem.
—No preguntes —digo mientras abro la puerta principal.
—¡Adiós, Nana! —dice Diem.
Patrick está en la cocina, y cuando Diem no se despide de él, pisa fuerte
hacia nosotros.
—¿Qué pasa con NoNo?
Patrick quería que lo llamara papá cuando Diem empezó a hablar, pero
por alguna razón, llamó a Grace Nana y a Patrick NoNo, y fue tan divertido que
Grace y yo lo repetimos lo suficiente como para que finalmente se quedara.
—Adiós, NoNo —dice Diem, riéndose.
—Puede que no volvamos antes que tú —dice Grace—. ¿Te importaría
quedarte con ella si no lo hacemos?
No sé por qué Grace siempre me pregunta. Nunca he dicho que no. Nunca
diré que no.
—Tómense su tiempo. La llevaré a comer a algún sitio. —Dejo a Diem en
el suelo cuando salimos.
—¡McDonald’s! —dice.
—No quiero McDonald’s —digo mientras cruzamos la calle hacia mi
camioneta.
—¡El autoservicio de McDonald’s!
Abro la puerta trasera de mi camioneta y la ayudo a sentarse en su asiento
infantil.
—¿Qué te parece comida mexicana?
—No. McDonald’s.
—¿China? Hace tiempo que no comemos comida china.
—McDonald’s.
—Te diré algo. Si te pones las zapatillas cuando lleguemos al partido,
podemos comer en McDonald’s. —Le abrocho el cinturón de seguridad.
Sacude la cabeza.
—No, quiero ponerme las botas. De todas formas no quiero comer, estoy
llena.
—Tendrás hambre a la hora de comer.
—No lo haré, me comí un dragón. Voy a estar llena para siempre.
A veces me preocupa la cantidad de historias que cuenta, pero es tan
convincente que me impresiona más de lo que me preocupa. No sé a qué edad
un niño debe saber la diferencia entre una mentira y el uso de su imaginación,
pero eso se lo dejo a Grace y a Patrick. No quiero reprimir mi parte favorita de
ella.
Empiezo a conducir.
—¿Te has comido un dragón? ¿Un dragón entero?
—Sí, pero era un dragón bebé, así es como cabía en mi estómago.
—¿Dónde has encontrado un bebé dragón?
—Walmart.
—¿Venden dragones bebé en Walmart?
Procede a contarme que los dragones bebé se venden en Walmart, pero
que hay que tener un cupón especial, y que solo los niños pueden comerlos. Para
cuando llego a casa de Roman, me está explicando cómo se cocinan.
—Con sal y champú —dice.
—Se supone que no debes comer champú.
—No se come, se usa para cocinar al dragón.
—Oh. Qué tonto soy.
Roman sube a la camioneta, y parece tan emocionado como alguien que
va a un funeral. Odia los días de béisbol. Nunca le han agradado los niños. La
única razón por la que me ayuda a entrenar es porque ninguno de los otros
padres lo haría. Y como trabaja para mí, lo añadí a su horario.
Es la única persona que conozco que cobra por entrenar béisbol infantil,
pero no parece sentirse culpable por ello.
—Hola, Roman —dice Diem desde el asiento trasero con voz cantarina.
—Solo he tomado una taza de café; no me hables. —Roman tiene
veintisiete años, pero él y Diem se han encontrado en algún punto intermedio
con su relación de amor-odio, porque ambos actúan como si tuvieran doce años.
Diem comienza a golpear la parte posterior de su reposacabezas.
—Despierta, despierta, despierta.
Roman gira la cabeza hasta mirarme.
—Toda esta mierda que haces para ayudar a los niños pequeños en tu
tiempo libre no te va a hacer ganar ningún punto en una vida después de la
muerte porque la religión es un constructo social creada por las sociedades que
querían regular la mente de la gente, lo que hace que el cielo sea un concepto.
Podríamos estar durmiendo ahora mismo.
—Vaya. No me gustaría verte antes del café. —Salgo de su camino de
entrada—. Si el cielo es conceptual, ¿qué es el infierno?
—El campo de béisbol infantil.