Ledger
No sé cómo encontré la fuerza para separarme de ella el tiempo
suficiente para entrar y poner los pisos.
Pensé que se sentaría a observarme o a escribir en su
cuaderno, pero en cuanto le dije que necesitaba terminar un
trabajo, me preguntó cómo podía ayudar.
Han pasado tres horas. Hemos trabajado sobre todo, con alguna breve
pausa para hidratarnos y besarnos un poco más, pero hemos terminado la mayor
parte de lo que será el piso del salón.
Ya habríamos terminado si no llevara esa camisa con esa falda. Ha estado
arrastrándose por el suelo, ayudándome a fijar el piso en su sitio, y cada vez que
la miro puedo ver directamente dentro de su camisa. Estoy tan distraído que me
sorprende no haberme lesionado.
No hemos hablado de nada importante desde que salimos de la camioneta.
Es como si hubiéramos dejado todas las cosas importantes dentro de ella y
hubiéramos elegido no llevar nada de peso con nosotros a esta casa.
Ya ha sido un día muy pesado; estoy haciendo todo lo que puedo para
mantener las cosas ligeras. Los dos lo hacemos. No he mencionado la carta desde
que entramos. Ella no ha mencionado la orden de alejamiento, yo no he
mencionado el Día de la Madre bajo este techo, no hemos hablado de lo que
significa nuestra nueva conexión física ni de cómo vamos a afrontarla. Creo que
ambos sabemos que las conversaciones vendrán, pero ahora mismo parece que
estamos en la misma página, y todo lo que queremos de la página de hoy es
disfrutar del otro.
Creo que Kenna y yo necesitábamos el día de hoy. Kenna especialmente.
Siempre parece que lleva el peso del mundo sobre sus hombros, pero hoy
parece que está flotando. Hace que la gravedad parezca impotente contra ella.
Ha sonreído y reído más en las últimas horas, que desde el día en que la
conocí. Me hace preguntarme si yo he sido una gran parte del peso que ella ha
estado cargando.
Kenna fija el trozo de madera en su lugar y luego busca una botella de
agua. Me atrapa mirando su pecho y se ríe.
—Seguro que ahora te cuesta mirarme a los ojos.
—Creo que tengo una obsesión con tu camisa. —Suele llevar camisetas,
pero esta camisa en particular está hecha de un material muy fino que se hunde
en la parte delantera, y ahora que lleva tres horas trabajando, se le está
empezando a pegar en todos los sitios donde está sudando—. Esa camisa es
jodidamente encantadora.
Se ríe y quiero volver a besarla. Me arrastro hacia ella y, cuando la
alcanzo, presiono mi boca contra la suya con tanta fuerza que cae de espaldas
contra el suelo. La beso a través de su risa, hasta que estoy encima de ella.
Odio no tener muebles. Acabamos en el suelo de madera que hemos
instalado, y es bonito, pero daría cualquier cosa por besarla en algo más
cómodo. Algo tan suave como su boca.
—Nunca terminarás estos pisos —susurra.
—A la mierda los pisos. —Nos besamos durante unos minutos, y cada vez
lo hacemos mejor. Hay un montón de tirones y de sabores, y se vuelve un poco
caótico, y su camisa que tanto me gusta, acaba en algún lugar del suelo junto a
nosotros.
Ahora estoy admirando su sujetador, besando su piel justo por encima,
cuando susurra:
—Tengo miedo. —Tiene las manos en mi cabello y las mantiene allí
cuando me levanto lo suficiente para mirarla—. ¿Y si se enteran de lo nuestro
antes de que tengas la oportunidad de decírselo? Estamos siendo imprudentes.
No quiero que piense en esto hoy, porque hoy es bueno y están fuera de
la ciudad, así que no tiene sentido darle vueltas hasta que regresen. Le doy un
beso reconfortante en la frente.
—Preocuparte no mejorará la situación —digo—. Están fuera de la ciudad.
Lo que ocurra va a ocurrir tanto si lo hacemos ahora como si no.
Ella sonríe cuando digo eso.
—Buen punto. —Me rodea el cuello con la mano y me acerca a su boca.
Me bajo de encima de ella, pero luego susurro:
—¿Qué es lo peor que puede pasar si tengo que esconderte para siempre?
Has visto mi armario, Kenna. Es enorme. Te encantará estar ahí.
Se ríe contra mi boca.
—Podría instalar una mini nevera y una televisión para ti. Cuando vengan
de visita, puedes ir a tu armario y fingir que estás de vacaciones.
—Eres terrible por bromear con esto —dice, pero se ríe. La beso hasta
que ya no nos reímos, y entonces me deslizo sobre ella hasta que estoy tumbado
a su lado, inclinado sobre ella.
Es la primera vez que nos miramos de verdad sin sentir que tenemos que
apartar la mirada. Ella es tan malditamente perfecta.
Pero no lo digo en voz alta, porque no quiero restarle importancia a
ninguna de las otras cosas maravillosas que tiene por hacerle un cumplido
superficial sobre su rostro. Le restaría importancia a lo inteligente que creo que
es, y a lo compasiva, resistente y vivaz que es.
Aparto la mirada de su perfecto rostro y recorro lentamente el centro de
su escote hasta que se le pone la piel de gallina.
—Tengo que terminar mis pisos. —Deslizo mi mano hacia su pecho y lo
aprieto suavemente—. Deja de distraerme con estas cosas. Vuelve a ponerte la
camiseta.
Se ríe al mismo tiempo que alguien carraspea desde el otro lado de la
habitación.
Me incorporo rápidamente y me apresuro a bloquear la vista de Kenna a
quienquiera que esté en mi casa.
Levanto la mirada y veo a mis padres de pie en la puerta, mirando al techo.
Kenna se separa inmediatamente de mí y agarra su camisa.
—Oh, Dios mío —susurra—. ¿Quiénes son?
—Mis padres —murmuro. Juro que avergonzarme es su pasatiempo
favorito. Levanto la voz para que puedan oírme—. ¡Qué bien que me hayan
avisado de que iban a aparecer hoy! —Ayudo a Kenna a ponerse de pie, y mis
padres siguen mirando todo menos a nosotros mientras la ayudo a ponerse de
nuevo la camiseta.
Mi padre dice:
—Me aclaré la garganta cuando entramos. ¿Cuánta advertencia necesitas?
No estoy tan mortificado como debería estarlo ahora. Tal vez soy inmune
a sus travesuras. Pero Kenna no.
Ahora que está vestida y medio parada detrás de mí, mi padre señala el
trabajo que hemos estado haciendo.
—Parece que has avanzado mucho… en los pisos.
—En más de un sentido —dice mi madre, divertida. Kenna entierra su cara
contra mi brazo—. ¿Quién es tu amiga, Ledger? —Mi madre está sonriendo, pero
tiene muchas sonrisas diferentes, y no siempre significan algo dulce. Esta sonrisa
es su sonrisa entretenida. Su sonrisa de esto es muy divertida.
—Es… um… —No tengo idea de cómo presentarles a Kenna. Ni siquiera sé
qué nombre usar. Definitivamente reconocerán su nombre si digo Kenna, pero
no estoy exactamente seguro de que no reconozcan su rostro, así que mentirles
no tendría sentido—. Ella es… mi nueva empleada. —Tengo que preguntarle a
Kenna cómo quiere que afronte esto. Le paso el brazo por el hombro y la
conduzco al dormitorio—. Disculpen mientras vamos a coordinar nuestras
mentiras —digo por encima del hombro.
Kenna y yo llegamos al dormitorio, fuera de su vista, y ella me mira con los
ojos muy abiertos.
—No puedes decirles quién soy —susurra.
—No puedo mentirles. Mi madre probablemente te reconocerá cuando te
vea mejor. Ella estuvo en tu sentencia, y nunca olvida una cara. También sabe
que has vuelto a la ciudad.
Kenna parece estar a punto de doblarse sobre sí misma. Empieza a
caminar y veo que el peso del mundo vuelve a recaer sobre sus hombros. Me
mira con miedo en los ojos.
—¿Me odian?
Esa pregunta me escarba el corazón, sobre todo porque empieza a llorar.
Y es en ese momento cuando me doy cuenta de que asume que todos los que
conocieron a Scotty deben odiarla.
—No. Por supuesto que no te odian.
Me doy cuenta mientras digo esas palabras de que no sé necesariamente
si son ciertas. A mis padres se les rompió el corazón cuando Scotty murió. Él era
tan importante para ellos como yo lo soy para Patrick y Grace. Pero no estoy
seguro de haber tenido una conversación con mis padres específicamente sobre
su opinión de Kenna. Fue hace más de cinco años. No puedo recordar qué
conversaciones se mantuvieron o qué opinión tenían sobre todo lo que pasó. Y
ya apenas hablamos de ello.
Kenna se da cuenta de que estoy procesando y le entra un poco de pánico.
—¿No puedes llevarme a casa? Puedo escabullirme por la parte de atrás y
encontrarme contigo en tu camioneta.
Tanto si mis padres se dan cuenta de quién es Kenna como si no, Kenna no
sabe qué clase de personas son mis padres. No se da cuenta de que no tiene nada
de qué preocuparse.
Acaricio su rostro con mis manos.
—Kenna. Son mis padres. Si te reconocen, me cubrirán la espalda pase lo
que pase. —Esas palabras la calman un poco—. Te presentaré como Nicole por
ahora, y luego te llevaré a casa y me ocuparé de ellos y de la verdad más tarde.
¿De acuerdo? Son buenas personas. Y tú también.
Ella asiente, así que le doy un rápido beso y la tomo de la mano para
sacarla del dormitorio. Ahora están en la cocina, inspeccionando todas las cosas
que Roman y yo hemos añadido desde la última vez que estuvieron aquí. Cuando
se dan cuenta de que hemos vuelto, se apoyan en la encimera, anticipándose a
la presentación.
Le hago un gesto con la mano a Kenna.
—Ella es Nicole. —Señalo a mis padres—. Mi madre, Robin. Mi padre,
Benji.
Kenna sonríe y estrecha sus manos, pero luego vuelve a acercarse a mi
lado como si tuviera miedo de alejarse demasiado de mí. Agarro su mano que
está a su lado, la muevo detrás de su espalda y la aprieto para proporcionarle un
poco de consuelo.
—Es una agradable sorpresa que no estés solo —dice mi madre—.
Pensábamos que hoy estarías aquí deprimida.
Me da miedo preguntar.
—¿Por qué iba a estar deprimido?
Mi madre se ríe y se dirige a mi padre.
—Me debes diez dólares, Benji. —Le tiende la mano y mi padre saca la
cartera y le pone un billete de diez dólares en la palma. Lo mete en el bolsillo de
su vaquero—. Apostamos a que recordarías de que tenías que irte hoy de luna
de miel.
¿Por qué no me sorprende?
—¿Quién de ustedes apostó a que olvidaría el Día de la Madre?
Mi madre levanta la mano.
—No lo he olvidado. Revisa tu correo electrónico. Envié una tarjeta de
regalo porque no tenía idea de a dónde enviar flores esta semana.
Mi madre saca el billete de diez dólares del bolsillo y se lo devuelve a mi
padre. Se acerca a mí y finalmente me da un abrazo.
—Gracias. —No mira a Kenna porque la puerta del patio le roba la
atención a mitad del abrazo—. ¡Oh, vaya! Se ve incluso mejor de lo que
imaginaba. —Me suelta y pasa de nosotros para ir a jugar con la puerta de estilo
acordeón.
Mi padre sigue concentrado en mí y en Kenna. Me doy cuenta de que va a
intentar ser educado e incluirla en la conversación, pero sé lo mucho que quiere
que la ignoren en este momento.
—Nicole tiene que ir a trabajar —le digo—. Tengo que llevarla, y luego
puedo reunirme con ustedes en la casa.
Mi madre hace un sonido hmph detrás de mí.
—Acabamos de llegar —dice—. Quería un recorrido por todo lo que has
hecho.
La atención de mi padre sigue estando en Kenna.
—¿Qué haces, Nicole? Además… —Hace un gesto con la mano hacia mí—
. Además de Ledger.
Kenna jadea en silencio y dice:
—Vaya, vale. Bueno, yo no… hago… Ledger.
Vuelvo a apretar su mano, porque no es eso lo que mi padre quería decir.
Pero si nos ponemos técnicos…
—Creo que se refiere a qué haces además de… trabajar… para mí. —Me
mira sin comprender—. Porque antes he dicho que eres mi empleada, pero
luego he mentido y he dicho que tienes que ir a trabajar, y saben que mi bar
cierra los domingos, así que supone que tienes otro trabajo además del bar, y ha
preguntado que qué haces además de… —Ahora estoy divagando, y sólo está
empeorando el momento porque mis padres pueden escuchar esta
conversación, y sé que están disfrutando de la mierda.
Mi madre ha vuelto al lado de mi padre, y sonríe con alegría.
—Por favor, llévame a casa —suplica Kenna.
Asiento.
—Sí. Esto es una tortura.
—Sin embargo, es un placer para mí —dice mi madre—. Creo que este
puede ser mi Día de la Madre favorito hasta ahora.
—Y aquí estábamos pensando que iba a estar triste porque no se casó —
dice mi padre—. ¿Qué crees que tiene preparado para el Día del Padre?
—Sólo puedo imaginarlo —dice mi madre.
—Ustedes dos son morbosos. Tengo casi treinta años. ¿Cuándo terminará
esto?
—Tienes veintiocho años —dice mi madre—. Eso no es casi treinta.
Veintinueve es casi treinta.
—Vamos —le digo a Kenna.
—No, tráela a cenar —me ruega mi madre.
—No tiene hambre. —Llevo a Kenna a la puerta—. ¡Los veré a ambos en la
casa!
Estamos casi en mi camioneta cuando me doy cuenta de lo que significa
dejar a mis padres solos. Hago una pausa y digo:
—Vuelvo enseguida. —Señalo la camioneta para que Kenna sepa que
puede seguir adelante sin mí. Me doy la vuelta y vuelvo a la casa, y entonces me
inclino en la puerta—. No tengan sexo en mi casa.
—Oh, vamos —dice mi padre—. Nunca lo haríamos.
—Lo digo en serio. Esta es mi nueva casa, y que me condenen si la
bautizan.
—No lo haremos —dice mi madre.
—De todos modos, nos estamos haciendo demasiado viejos para eso —
dice mi padre—. Muy viejos. Nuestro hijo tiene casi treinta años.
Salgo de la puerta y les hago un gesto para que se vayan.
—Salgan. Váyanse. No me fío de ninguno de los dos. —Espero a que me
acompañen fuera y cierro la puerta principal. Señalo hacia su auto—. Los veré en
la casa.
Me dirijo a mi camioneta e ignoro su charla. Espero a que mis padres se
retiren y entonces Kenna y yo suspiramos simultáneamente.
—A veces pueden ser mucho —admito.
—Vaya. Eso fue…
—Típico de ellos. —La miro y sonríe.
—Fue vergonzoso, pero me cayeron bien —dice—. Pero sigo sin cenar con
ellos.
No la culpo. Pongo la camioneta en reversa y luego señalo el centro del
asiento. Ahora que hemos roto la línea que habíamos trazado en la arena, quiero
que esté lo más cerca posible de mí. Se desliza por el asiento hasta quedar justo
a mi lado y le pongo la mano en la rodilla mientras me alejo de la casa.
—Lo haces mucho —dice.
—¿Hago qué?
—Señalas todo el tiempo. Es de mala educación. —Suena divertida más
que ofendida.
—No señalo todo el tiempo.
—Tú también lo haces. Lo noté la primera noche que entré en tu bar. Por
eso dejé que me besaras, porque me pareció sexy. La forma en que seguías
señalando las cosas.
Sonrío.
—Acabas de decir que es de mala educación. ¿Crees que eso es sexy?
—No. Creo que la amabilidad es sexy. Tal vez de mala educación fue el
término equivocado. —Apoya su cabeza en mi hombro—. Encuentro sexy tu
forma de señalar.
—¿Y tú? —Le suelto la rodilla y señalo un buzón—. ¿Ves ese buzón? —
Luego señalo un árbol—. Mira ese árbol. —Toco los frenos cuando nos
acercamos a una señal de stop y señalo la señal—. Mira eso, Kenna. ¿Qué es eso?
¿Es una maldita paloma?
Inclina la cabeza y me mira con curiosidad. Cuando me detengo en la
señal, dice:
—Scotty solía decir eso a veces. ¿Qué significa?
Sacudo la cabeza.
—Sólo era algo que solía decir. —Patrick es el único que sabe dónde se
originó esa frase, y aunque no hay ningún gran secreto o historia detrás de ella,
sigo queriendo aferrarme a ella. Kenna no me presiona. Se limita a levantarse y
a besarme antes de que salga a la calle. Está sonriendo, y se siente tan bien verla
sonreír así. Vuelvo a mirar a la carretera y vuelvo a poner la mano en su rodilla.
Apoya su cabeza en mi hombro y, tras un momento de silencio, dice:
—Ojalá hubiera podido verte con Scotty. Apuesto a que eran divertidos
juntos.
Me encanta que lo haya admitido en voz alta. Se siente bien escucharlo,
porque en algún momento, todos vamos a tener que superar el hecho de que
Scotty murió de la manera en que lo hizo. Creo que estoy en un punto en el que
quiero que su recuerdo esté acompañado sólo de buenos sentimientos. Quiero
poder hablar de él con la gente, especialmente con su padre, pero de una
manera que no haga llorar a Patrick.
Todos conocimos a Scotty, pero todos lo conocimos de diferentes
maneras. Todos tenemos diferentes recuerdos de él. Creo que sería bueno que
Patrick y Grace escucharan los recuerdos que Kenna tiene de Scotty y que
ninguno de nosotros tiene.
—Me gustaría haberte visto con Scotty —admito.
Kenna me besa el hombro y luego vuelve a apoyar la cabeza en él. Está en
silencio hasta que levanto la mano y señalo a un tipo en una bicicleta.
—Mira esa bicicleta. —Señalo una gasolinera cercana—. Mira esos
surtidores de gasolina. —Señalo una nube—. Mira esa nube.
Kenna suelta una risa mezclada con un gemido.
—Para. Estás arruinando lo sexy que es.
Dejé a Kenna de mala gana en su departamento hace dos horas. Puede que
haya tardado quince minutos en dejar de besarla lo suficiente como para volver
a mi camioneta, pero no quería irme. Quería pasar el resto de la tarde, y
posiblemente incluso la noche, con ella, pero mis padres son unos imbéciles que
no creen en los horarios, y siempre aparecen en los peores momentos.
Al menos esta vez fue en pleno día. Una vez aparecieron a las tres de la
madrugada, y me desperté con mi padre poniendo Nirvana a todo volumen en el
patio trasero y cocinando filetes en la parrilla.
Mi padre ha hecho hamburguesas esta noche y acabamos de cenar hace
una hora. Esperé durante toda la cena a que me preguntaran por Kenna. O
Nicole, más bien. Pero ninguno de ellos sacó el tema. De lo único que hemos
hablado esta noche ha sido de sus últimas aventuras en la carretera y de mis
últimas aventuras con Diem.
Les decepcionó saber que Diem y los Landrys están fuera de la ciudad. Les
sugerí que llamaran con antelación la próxima vez que tuvieran ganas de pasar
por aquí. Eso sería mejor para todos.
Mis padres siempre se han llevado bien con los padres de Scotty, pero los
Landry tuvieron a Scotty más tarde, así que son un poco mayores que mis padres.
Yo diría que son más maduros que mis padres, pero inmaduro no es el término
correcto para describir a mis padres. Simplemente son un poco más
despreocupados y desestructurados. Pero aunque no los catalogaría a los cuatro
como activamente cercanos, comparten un vínculo debido a Scotty y a mí.
Y como Diem es como una hija para mí, ha sido como una nieta para mis
padres. Lo que significa que Diem es importante para ellos, y quieren lo mejor
para ella.
Probablemente por eso, en cuanto mi padre se va al patio a limpiar la
parrilla, mi madre se desliza en el taburete y me dedica una de sus muchas
sonrisas. Esta es su sonrisa de tienes un secreto, y será mejor que lo cuentes.
Ignoro su sonrisa, y a ella, y sigo lavando el resto de los platos. Pero mi
madre dice:
—Ven aquí y habla conmigo antes de que tu padre vuelva a entrar.
Me seco las manos y me siento frente a ella en la barra. Me mira como si
ya conociera mis secretos. No me sorprende. Cuando digo que mi madre nunca
olvida una cara, no lo digo a la ligera. Es como un superpoder.
—¿Lo saben los Landrys? —pregunta.
Me hago el tonto.
—¿Saber qué?
Su cabeza se inclina hacia un lado.
—Sé quién es, Ledger. La reconocí el día que entró en tu bar.
Espera. ¿Qué?
—¿El día que te emborrachaste?
Ella asiente. Ahora que lo pienso, recuerdo que se quedó mirando a Kenna
cuando entró en mi bar aquel día. ¿Por qué no me dijo nada al respecto? Ni
siquiera sacó el tema cuando hablé con ella por teléfono unos días después y le
dije que Kenna había vuelto a la ciudad.
—Me dijiste que se iba de la ciudad la última vez que hablamos —dice.
—Lo hará. —Me siento culpable cuando lo digo porque espero con todo
mi ser que no sea cierto—. O eso fue antes. Ya no lo sé.
—¿Patrick y Grace saben que ustedes dos son…?
—No.
Mi madre suspira suavemente.
—¿Qué estás haciendo?
—No lo sé —digo con sinceridad.
—Esto no va a terminar bien.
—Lo sé.
—¿La amas?
Suelto una pesada y lenta ráfaga de aire.
—Definitivamente ya no la odio.
Toma un sorbo de su vino y deja que la conversación se asiente.
—Bueno. Espero que hagas lo correcto.
Levanto una ceja.
—¿Qué es lo correcto?
Mi madre se encoge de hombros.
—No lo sé. Sólo espero que lo hagas.
Suelto una breve carcajada.
—Gracias por el no consejo.
—Para eso estoy aquí. Para pasar de puntillas por esta cosa que llaman
paternidad. —Sonríe y cruza la barra para apretar mi mano—. Sé que ahora
mismo preferirías estar con ella. No nos importa que nos abandones esta noche.
Hay un momento vacilación por mi parte, no porque no quiera ir a casa de
Kenna, sino porque me sorprende que mi madre sepa quién es, y aun así le
parece bien.
—¿Culpas a Kenna? —le pregunto, luego de una breve pausa.
Mi madre me mira con sinceridad.
—Scotty no era mi hijo, así que lo sentí por todos los involucrados. Incluso
por Kenna. Pero si lo que le ocurrió a Scotty te hubiera pasado a ti, no puedo
decir que tomaría una decisión diferente a la de Patrick y Grace. Creo que en
una tragedia de este tamaño hay espacio para que todos tengan razón y estén
equivocados. Sin embargo —dice—, soy tu madre. Y si le ves algo especial,
entonces sé que debe haber algo especial en ella.
Dejo que sus palabras se procesen, pero luego agarro las llaves y el
teléfono y le doy un beso en la mejilla.
—¿Estarás aquí mañana?
—Sí, nos quedaremos dos o tres días. Le diré a tu padre que le diste las
buenas noches.